Canciones para comenzar el día: una mirada desde la pedagogía Waldorf
El comienzo del día tiene algo especial.
Es ese momento en el que dejamos atrás lo que ocurrió antes y nos encontramos, de nuevo, con nosotros mismos, con los demás y con el mundo que nos rodea.
En la infancia, los pequeños rituales cotidianos pueden convertirse en un punto de referencia. Repetir una canción, un gesto o unas palabras al comenzar la jornada permite crear un ritmo reconocible que acompaña al niño y le ayuda a situarse: ya estamos aquí, comienza un nuevo día y lo vamos a compartir juntos.
Desde una mirada inspirada en la pedagogía Waldorf, el ritmo, la repetición, el movimiento, el canto y las imágenes relacionadas con la naturaleza adquieren un papel importante en la vida cotidiana. No se trata simplemente de cantar una canción para «empezar ... », sino de crear un momento de transición, presencia y encuentro.
Las canciones que comparto a continuación nacen de esta intención. Son sencillas, repetitivas y están llenas de imágenes cercanas a la infancia: el sol, la tierra, los animales, las semillas, el amanecer… y, sobre todo, las personas que forman parte de esa pequeña comunidad que comienza el día.
Sobre la procedencia de estas canciones
Las canciones que comparto en esta entrada llegaron hasta mí en distintos contextos educativos, donde tuve la oportunidad de aprenderlas y conocerlas.
No he encontrado una autoría individual documentada para estas letras, por lo que las comparto reconociendo su carácter de transmisión oral y colectiva. Como ocurre con muchas canciones que acompañan la vida cotidiana de la infancia, pueden existir diferentes versiones de una misma letra, pequeñas variaciones o adaptaciones realizadas por quienes las cantan.
Más que atribuir estas canciones directamente a la pedagogía Waldorf, prefiero compartirlas desde el lugar en el que yo las conocí: a través de maestras vinculadas a la pedagogía Waldorf que me las transmitieron como parte de su práctica y experiencia educativa.
Para mí, esta forma de transmisión también tiene un valor especial. Una canción pasa de una maestra a otra, de una generación a otra, y cada persona puede incorporarla a su propia manera de acompañar a los niños. Así, la canción permanece viva, se transforma y continúa formando parte de los pequeños rituales que dan ritmo y sentido a la infancia.
«Aquí estoy… aquí llegué…»
Aquí estoy… aquí llegué…
grande como el sol y pequeña como una piedra.
Arriba brilla el sol, abajo yace la tierra
y todo vive en mi corazón.

Esta canción comienza con algo esencial: reconocerse presente.
«Aquí estoy» y «aquí llegué» pueden entenderse como una pequeña declaración de presencia. El niño no solamente llega físicamente a un espacio, sino que se hace consciente de que está allí, compartiendo ese momento con los demás.
La canción juega después con la relación entre lo grande y lo pequeño: el sol y la piedra. Son imágenes sencillas que pueden acompañarse corporalmente y que permiten al niño experimentar diferentes dimensiones a través de la imaginación y el movimiento.
El sol aparece arriba y la tierra abajo, creando una imagen sencilla del mundo que nos sostiene. Y finalmente todo aquello se lleva hacia dentro:
«todo vive en mi corazón».
Hay, por tanto, un movimiento que va de fuera hacia dentro: del mundo que observamos al mundo interior que sentimos.
También podemos encontrar aquí una invitación a reconocer nuestro propio lugar dentro del mundo. Somos pequeños ante la inmensidad del sol y, al mismo tiempo, tenemos dentro de nosotros un universo lleno de vida.
«Kikirikí, ya amaneció»
Kikirikí, ya amaneció
kikirikí, el gallo cantó
kikirikí, con gran alegría
empezamos nuestro día.

Aquí el protagonista es el amanecer.
El canto del gallo nos sitúa inmediatamente en el comienzo de una nueva jornada. Su repetición —«kikirikí»— aporta ritmo y hace que la canción resulte especialmente accesible para los niños pequeños.
También encontramos una referencia muy sencilla a los ritmos de la naturaleza. El día comienza, el gallo canta y nosotros comenzamos nuestra actividad.
Pero hay algo más:
comenzamos con alegría.
La canción puede convertirse así en una transición entre el momento de llegada y la disposición para participar en aquello que vendrá después.
El amanecer no aparece únicamente como un momento del día, sino como una oportunidad para volver a empezar. Cada mañana trae consigo algo nuevo y la canción nos ayuda a recibirlo juntos.
«Buen día, buen día…»
Buen día, buen día,
ya estén preparados,
con mucha alegría voy a comenzar.
Buen día sol, buen día tierra
y a los animales que viven en ella.
Buen día, buen día,
ya estén preparadas, con mucha alegría voy a comenzar.
Buen día semillas, buen día [nombre],
buen día a esta ronda que el día comienza.
Esta canción amplía todavía más el sentido del saludo.
Primero aparece el deseo de comenzar con alegría. Después dirigimos nuestra atención hacia el sol, la tierra, los animales y las semillas. Finalmente llegamos a las personas concretas que forman parte de la ronda.
Es interesante observar cómo se va ampliando ese círculo:
yo → naturaleza → seres vivos → comunidad.
La posibilidad de introducir el nombre de uno o dos niños o adultos hace que el saludo se vuelva especialmente significativo.
Nombrar a alguien es reconocer su presencia y decir, de una manera sencilla:
«Te veo, estás aquí y formas parte de este momento compartido».
Las semillas aportan además una imagen muy ligada a la infancia: algo pequeño que contiene posibilidades de crecimiento y que necesita tiempo, cuidado y unas condiciones adecuadas para desarrollarse.
También aquí aparece de nuevo el ritmo. La repetición de «buen día» funciona como una especie de hilo conductor que une todos los elementos del saludo.
El valor de repetir
Cuando hablamos de repetición en la infancia, a veces podemos pensar que repetir significa hacer siempre lo mismo.
Sin embargo, una misma canción nunca sucede exactamente igual.
El niño que hoy la canta no es exactamente el mismo que ayer. El grupo puede estar diferente. El estado de ánimo cambia. El clima cambia. La estación cambia. Y también cambia la manera en la que cada niño participa.
La repetición ofrece algo que permanece mientras todo lo demás se transforma.
Por eso, un pequeño ritual puede convertirse en un espacio de seguridad y reconocimiento: sabemos cómo comienza el día, aunque cada día sea diferente.
El saludo como encuentro
Quizá estas canciones tengan algo en común más allá de sus palabras: todas hablan, de una forma u otra, de estar presentes.
Estar aquí.
Reconocer que ha amanecido.
Saludar al sol y a la tierra.
Recordar a los animales y a las semillas.
Nombrar a quienes están con nosotros.
Y comenzar juntos.
Desde una mirada inspirada en la pedagogía Waldorf, podemos encontrar en estos pequeños rituales algunos elementos especialmente significativos: el ritmo, la repetición, el movimiento, el canto, la imaginación y la relación con los ritmos de la naturaleza.
Pero creo que también podemos mirarlos desde algo todavía más sencillo: la necesidad que tenemos todos de sentir que pertenecemos a un lugar y a una comunidad.
Una pequeña reflexión para cerrar
Quizás lo más valioso de estas canciones no esté solamente en sus palabras, sino en el momento que crean alrededor de ellas.
Una canción de inicio puede convertirse en un pequeño ritual que ayuda a pasar de la llegada al encuentro, del movimiento individual a la vida en grupo y de la dispersión a una atención compartida.
El niño encuentra algo que se repite y que reconoce. El adulto ofrece un marco, pero no necesita llenarlo todo de instrucciones. La melodía, el gesto, la palabra y el ritmo hacen parte del trabajo.
Y quizá ahí reside una de las mayores riquezas de estos pequeños rituales:
no necesitamos grandes recursos para crear experiencias significativas.
Un saludo, una canción, una mirada, el nombre de un compañero, el sol que aparece por la mañana o una semilla que imaginamos creciendo pueden ser suficientes para recordar que comenzar el día también puede ser una forma de pararnos, reconocernos y conectar.
Porque educar también es cuidar esos pequeños momentos cotidianos en los que un niño puede sentir:
«Aquí estoy. Aquí llegué. Formo parte de esta ronda. Y juntos podemos comenzar».
Y quizás sea precisamente ahí, en algo tan sencillo como cantar juntos al comenzar la mañana, donde empieza una parte importante de la experiencia de aprender y de crecer.




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